Carcagente; tierras
valencianas, 13 de junio de 1813.
Perdí
mi virgo con veinte años; el mismo día en que realmente demostré mi nobleza.
—Lo siento mucho, María Antonia, ojalá hubiera
sido otra la elegida —me dijo mi padre. Aunque ambos sabíamos bien que había
sido la única en consentir la compañía de aquel militar.
El general Harispe era un hombre de buen
porte, altivo y pertinaz en sus obcecaciones; cómo en la de pasar a cuchillo a
mis conciudadanos.
Aquella
campaña, por el levante español, lo estaba crispando. Echaba de menos los
dominios del norte, donde había logrado sus mayores victorias y consideraciones,
y lo que era más importante, no soportaba más el largo periodo de separación de
su esposa, o al menos ese fue su principal argumento cuando pretendía convencerme
para que yaciéramos juntos, a cambio de su indulgencia.
Los
soldados franceses que le servían, al igual que él, eran expertos en la guerra
de sitio. En apenas una jornada habían cortado todos los caminos de huida de la
población, tomando como prisioneros a los temerosos habitantes de esta y
devastando a su paso cuanto se les antojaba.
La
noche estaba al caer y, yo esperaba nerviosa la llegada del ducho estratega, en
la habitación más lujosa de la casa de mis padres; que sin pretenderlo delataba
nuestra posición nobiliaria. Mi padre, don Vicente Talens y Garrigues era el
primero de nuestra familia en ostentar el título de marqués de la Calzada. Gracia
que le había sido otorgada por su relevancia política y económica, pero ahora
el dinero y las influencias de antaño poco importaban, los invasores cogían
cuanto querían, sin atender a miramientos.
Las
vidas de cientos de hombres, mujeres y niños dependían de mi comportamiento
durante aquella vigilia forzada. Jean Isidor Harispe, entró demasiado sereno a la
alcoba. Esperaba que las seis botellas de buen vino, que había aportado mi
progenitor a la cena, para disfrute de los oficiales napoleónicos, él mismo y
un par de amedrentados invitados, prohombres de la localidad, hubieran mermado
sus capacidades, pero no; primero que nada se desprendió del fajín dorado que
envolvía su cintura y, sin mediar palabra, continuo desabrochándose los
múltiples botones de su chaquetilla, para quedarse cómodamente en camisa. Yo
vestía un traje negro, fruto del luto por mi abuela materna, aunque muy a pesar
mío con los pechos mucho más realzados de lo habitual, pendientes de
desbordarse del escote al menor movimiento.
—Debo
contaros un secreto, general —declare, con uno hilo de voz.
—¿A
qué adivino cual va a ser vuestra confidencia, mademoiselle? —dijo él socarronamente.
—No
lo creo —conteste segura de mí misma.
—Mucha
confianza trasmitís de pronto, ¿es qué no os impongo respeto? —La indignación
comenzaba a hacer mella en él. Se notaba que era un ejemplar de poca paciencia.
—Por
supuesto que os temo. —En aquella situación igualé el respeto al miedo, como
era de esperar.
—Dejaros
de tonterías —me increpó con dureza—. Si he de satisfacer alguna curiosidad
sobre vos, lo haré a mi modo.
—En
absoluto pretendo ofenderos, caballero. Estoy aquí para complaceros, y había
pensado que os gustaría saber que desde hace tiempo me siento atraída por
hombres mayores, como vos. En más de una ocasión, he imaginado, que al casarme,
mi primera vez seria con alguien de vuestras características. Hasta vuestro acento
francés me cautiva. —Claro está que por aquellas mentiras y lo que iba a
acontecer, tendría que rezar muchos rosarios con posterioridad, pero mi madre
me había estado aleccionando, a lo largo de la tarde, con unos cuantos consejos
para acelerar el acto en lo máximo posible, y los pensaba aplicar.
—Jovencita,
esto no es un juego. Eres muy atrevida de palabra, aunque no sé si estaréis a
la altura en cuanto a hechos. —Cogió rápidamente mi mano derecha y la apretó
contra su miembro viril— Debes rodearlo bien con tus dedos y hacer movimientos
constantes hacia arriba y abajo, hasta que notes que parece una barra de hierro;
con la que voy a marcarte las entrañas.
En
ese momento mi endeble fachada se desmorono de lleno, y comencé a llorar entre
gemidos, mientras intentaba ejecutar con acierto sus órdenes.
—¡Más
aprisa, españolita, más aprisa! Ya casi toca introducirlo en tu sexo, pero
primero tendré que probar la voluptuosidad de tus senos. —Se abalanzó sobre mí
y desgarrándome el vestido, comenzando de inmediato a chupar y mordisquear mis
pecho alternativamente—. ¡Juventud, divina juventud! Son dulces y firmes como
dos peritas. ¡Deliciosas, irresistibles!
Entonces
fue cuando, sin poder soportarlo; me abrí de piernas, para facilitarle la total
posesión al profanador de mi cuerpo.
—¡Muy
bien! Veo que si te está gustando. Finalmente eres una zorrita más, a pesar de
tu linaje. —me dijo triunfante el general Harispe. Seguidamente se bajo los
pantalones y calzones con premura, y hundía su falo dentro de mi concha.
—¡Aaah,
aaah, basta! —grité invadida por el dolor, cuantas veces pude, hasta que
aumentando la velocidad de sus embates, exhalando con ello un largo y gratificante
suspiro. Para luego desparramarse en mí, tanto por dentro como por fuera.
Eran
las dos de la madrugada, cuando por fin pude despegarme de su abrazo.
Claramente estaba herida, aunque no me importaba la sangre que impregnaba mis
entrepiernas. Sabía que mi sacrificio supondría la clemencia de los
conquistadores y, jamás me sentí más orgullosa de mí mismo.
Gema Blasco
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