LOS SILENCIOS DEL BOSQUE
Una piedra encima de otra conformaba la casa, tejado de
pizarra y ventanas de liso tablón. Visión opaca la de la noche, neblinosa la
del día, la arboleda, de robles y acebos a la par, se pegaba a los cristales
como alma única que busca algo fuera de su lugar. Frente al hogar el valenciano, yo y la perra, que desde que habíamos llegado
a ATrigueira parecía que ya no sabía ladrar. Pequeña y esponjosa como era, se
camuflaba entre la cortadeira de los caminos,
aparecía y desaparecía tal santa compaña que, de veras, no llego nunca a
presentársenos. El río Deza era nuestro vecino,
ladera abajo se retenía en una charca que nos invitaba a nadar en sus
aguas, pero el frío acudía a nuestras mentes nada más pretenderlo. Era bello el
paisaje, agreste y empecinado en no aparentar. Solo el viento en su caprichoso
trasegar lo conquistaba en verdad, porque ningún, ninguno de los seres de Dios que pueblan la
tierra lo habitaban más que el hombre y sus apéndices animales. Lobos, corzos, jabalíes, truchas, zorros y águilas por no
mencionar demás criaturas salvajes hacía décadas que habían abandonado aquel paraje
de la Sierra do Candán; las minas y sus trabajadores con noes y síes los habían
obligado a emigrar. Aunque, años a,hace que los mineros también marcharon, malditos por la falta demás entrañas que sacarle al
monte. Profundizamos en una de las galerías abandonadas por eso de tener algo
extraordinario que contar; no hubo miedo que afrontar, no crujió ninguna vigaal
paso, no vimos jaula de canario ni vivo ni muerto; el haz de luz de nuestras
cabezas tan solo enfocó roca huérfana y soledad. Daba lástima la tierra tan fría
y vacía. Una de las veces fuimos en
busca de la fervenzas do rego, cascadas de riego, de las antiguas minas; parecía que estábamos
cerca, con ello, nunca llegábamos, no sabíamos si estas se acercaban o alejaban,
inclusopensamos que era cosa de traviesas meigas, y a pesar de que su rumor sí
se oía, cosa extraña en tal enclave, no
las encontramos y cambiando con el devenir nuestro parecer fuimos hacia la albariza
más cercana, ahí sí llegamos en un suspiro, casi por magia. Su forma circular y
sin puertas daba que pensar, ahora bien, si estaba pensada para que los osos no
pudieran robar la miel de las colmenas de abejas que habían en su
interior, era lógica tal construcción,
yo tampoco pude entrarle, y eso que lo intenté, empero el musgo se agarraba terco
a la piedra y me hacía resbalar, tal vez
le habían pagado los apicultores con un extra de humedad. Las abejas tampoco
zumbaban, es más, no se veían tan lejos
y cerca de nuestras miradas. Otra cosa
era cuando tocaba salir con el coche, nada más arrancar me quedaba frita por el
cansancio, se me cerraban los ojos con una escozor preocupante; quisiera ver o
no como el bosque se abría poco a poco con los kilómetros mis sentidos se negaban
a darme tal regalo. En Zobra, la primera aldea que nos topábamos en la carretera,
porque a pueblo no llegaba, nunca vimos habitantes, sin embargo, perrazos locos sí lo habitaban. Acompañaban
nuestro paso con intentos de mordidas a
las ruedas del Ford, que más alto que
bajo los embestía con cuidado de no dañarlos por deferencia del conductor, mi marido, claro, yo andaba en esas todavía
entre el sueño y el quebranto de la amenaza, ¿serían hombres cánidos gallegos? Porque tamaño normal no tenían en su
mayoría, y digo verdad. Aprovechábamos
las salidas para comprar alimentos en sitios singulares: quesos en una guarida,
aparentemente, de hobbits; orujo en un pazo maldito; dulces en una lechería, pescado fresco en una, antaño, ermita marinera; suvenires
manufacturados por monjas en una sacristía;vieiras del camino al Santiago Compostelano,
olvidadas por los peregrinos, en un foracho
o sea venta rural, por preferencia. Ahora,
lo que era fuerte era lo de nuestro anfitrión.Él fue el que nos contó,
como quien no presume, que todos
los años le encargaba la crianza de un cerdo a una lugareña de Lalín y con este
aguantaba hasta la próxima matanza, yo pensaba que eso ya no se hacía, pero,vete tú a saber como si no hubiéramos probado la omnipresente “zorza”,recurrente en todos los
menús galleguiños. El susodicho cuando iba a comer mariscos, no lo hacía a lo tonto, se reservaba su buena
mesa en la cofradía de pescadores y hasta que él y sus siempre contentos
acompañantes no vaciaban la mar anexa a la cocina, no paraban de comer, si a eso
no se le llama devorar. Yo hubiera preferido consumir las horas de sueño que
pertenecieron a aquella semana en la Galicia
profunda, no obstante, el silencio del
bosque no me dejó dormir.




