Siempre llegas a hora, aseguras que desde tu
escondite puedes ver nuestra casa, y así sabes cuándo marché o arribo. Que
sentada en este muchas veces observas el patio de tía Filomena y a tus primos,
pero la corajuda mujer heredó los terrenos en la parte opuesta del pueblo. La
casita de juegos de la plaza queda lejos de todo y el umbral de la iglesia da
la espalda a los domicilios de sus vecinos. Poco queda ya por nombrar que no sean
calles ondulantes y estrechas, el antiguo lavadero de al lado del río y aquella
empresa de quesos artesanos que cerró por falta de operarios. Aquí la gente
tiene que aguantar inviernos muy helados y estíos frescos; pronto te
acostumbrarás. Detrás de octubre viene noviembre, y entonces suelen comenzar
las nevadas. Nieva casi hasta cubrir los ánimos, porque los caminos quedan
cerrados. El aislamiento se hace patente y, lo bueno, será que no tendrás que
ir a la escuela. Yo mismo te haré de maestro. Sé que aprender a leer es
laborioso, a pesar de ello, le tienes que poner empeño; no puedes pasarte los
días en las nubes. Comprendo que soñar es bonito, no obstante es importante
tener los pies en la tierra si no quieres sentirte sola. Una niña tan pequeña
como tú necesita tener padres, y aunque nosotros no estuviéramos en el momento
de tu nacimiento, ahora somos tu familia, y por propia elección, lo cual
significa mucho; cuando seas mayor lo entenderás mejor.
—¿Mayor cómo Severo o cómo Constantino? Él es
más alto —me preguntas.
—Cuando seas tan alta como Severo sabrás no
solo leer y escribir, también sumar y restar. Sumar es ir añadiendo, como
cuando colocas un guijarro encima de otro y creas una pequeña montaña. Y restar
es ir quitando, como cuando te comes las peladillas del tarro y cada vez van
quedando menos —contesto sin contestar.
—Así pues, sumar es hacer grandes las cosas y
restar volverlas pequeñas, ¿verdad, papá Juan? —afirmas para mi admiración.
—¡Exacto, Lucia! —exclamo satisfecho. Aun
sabiendo que me he vuelto a ir por las ramas. En ocasiones es necesario.
Te gusta subir a los árboles, igual que a mí.
Las alturas nos rodean, quizá por eso buscamos retarlas. Una cumbre sí y otra
sí nos observan de cerca, con los peñascos en abierto, la materia erosionada y
su escasa vegetación rebelándose.
Pregunto travieso, de nuevo, dónde está tu
escondrijo, y me sonríes juguetona, indecisa. No sabes si ellas aguantaran el
peso que llevan los mayores sobre la espalda, son tan esponjosas como los
sueños, y has escuchado a la tía Filomena tantas veces esa expresión que crees que
lleva encima de su redondeado dorso un saco invisible lleno de grano. Sin
embargo, ella suele doblar su espinazo con demasiada frecuencia para que sea
realmente posible. Constantino la ayuda en las tareas propias de hombres: busca
pastos frescos para las ovejas, carga la leña para cocinar y calentar el
caserón y caza liebres. Severo prefiere
quedarse en la casa, alimentar a las gallinas, robarles sus huevos y trabajar
el humilde huerto.
De improviso comprendes que no tienes por qué
contarme tu secreto.
—¡Ven conmigo! —pides cogiéndome de la mano.
Te das cuenta de que es mejor que lo
compartamos. Quieres contemplar mi cara al verte caminar por las nubes. Al
llegar al pueblo descubriste que el cielo estaba a tu alcance. Tan solo tenías
que saltar con ganas para poder pasear por su inmensidad. Mantenerte suspendida
sobre la atmósfera resultó bastante fácil. Lo difícil, en un principio, fue no
tener miedo de caerte, el firme resultaba traslúcido, excepto los días de
lluvia, cuando las gotas condensadas de agua se volvían nimbus, oscuros y
mullidos.
Arribamos al puente, me miras con tu especial
sonrisa en los labios y señalas en dirección norte. Allí se encuentre el gran
roble, tiene más años que tú y que yo juntos. Cruzas la pasarela a la carrera,
obligándome a seguirte de forma divertida y trepas ligera por el ladeado
tronco. Voy tras de ti, entusiasmado por la sorpresa que te vas a llevar.
Mamá Lidia nos espera en el campo de cristales de hielo, es la época de su recolección. Ellos son la base de nuestro sustento. Mi abuelo me enseñó a preservarlos en esferas, y desde entonces que se las suministro a Santa por estas fechas, pronto pasará a por ellas en su trineo volador. A los niños les encantan. Tener un trocito de paraíso celestial no está al alcance de todos.
Gema Blasco.
No hay comentarios:
Publicar un comentario