sábado, 16 de mayo de 2026

ADIÓS A LA TIERRA


 


                                                          Adiós a la tierra

 

Ese fue el ayer: un cielo abierto y unas suelas manchadas de barro, los brazos de la camisa arremangados y un sombrero de paja sobre la cabeza. Llevaba retazos de sueños pegados al pelo y los ojos perdidos en la costumbre, el cinturón ceñido a la piel y las perneras del pantalón sueltas por vergüenza. Una cruz a la espalda y sones de melancolía lo acompañaban, rodeado de tierra fértil y, al mismo tiempo, baldía.

Se contaba cuentos para no desesperar, preso de una incierta necesidad. Colgaba sus esperanzas en el campanario del pueblo, porque desde allí se alcanzaban las mejores vistas, esas que lo llevaban lejos sin caminar. Le habían dicho que el horizonte era impreciso, que todo dependía de las ganas que uno tuviera de marchar.

Dejaría una casa ajena y un jergón que le era extraño. Buscaba  que el rocío del alba lo cubriera al despertar. El camino no tenía más música que el crujido de sus pasos sobre la escarcha. Las pequeñas aldeas por las que pasaba parecían decorados mal pintados, con sus tabernas de humo rancio y sus ventanas cerradas a cal y canto. Aprendió que la distancia no se mide en leguas, sino en las veces que uno se vuelve para mirar atrás y ya no distingue lo que le es familiar. Comprendió que los miradores elevados son engañosos: desde arriba todo parece alcanzable, pero el mundo, a ras de suelo, es un laberinto de zanjas. Una tarde, en una venta de paredes descascaradas, oyó hablar de la ciudad. Decían que allí los hombres vendían su tiempo y conseguían un reflejo. Sonrió con ganas y se moldeó una máscara. El acto de funambulismo comenzaba. Si existía un lugar para él, estaba dispuesto a creer por creer, como se cree en los cuentos que uno mismo se cuenta.

 

Gema Blasco ✍️📷

 

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