CAYENDO
Tijeretazo a tijeretazo iban cayendo las cabezas. El rostro de Carlos se precipitaba fuera de la orla común de la facultad de derecho, del flaco álbum de novios, con mayor recorrido, del retrato nupcial que presidía el salón y, cómo no, de las fotos de casados. Andrea mutiló, incluso, las imágenes en que su absurdamente rejuvenecido marido sostenía en brazos a Alfonsito. ¿Convendría seguir infantilizándolo ahora que él iba a ser el hombre de la casa? Aunque, para poder desempeñar ese papel, debería finalizar de una vez por todas sus perennes estudios en Reino Unido y regresar a la soleada Montevideo.¿Cómo se tomaría que su padre fuera a sustituir la valiosa intimidad conseguida con los años por los besos de una chica de su misma generación Z? Una impertinente que hasta el momento le había amontonado los dosieres sobre la mesa del despacho. Sí, Andrea lucia cada veinte días las leves canas de los cuarenta y tantos, pero, seguía muy en forma, impartiendo tres veces por semana clases de tango; no se le habían acabado las ganas de amar. Por eso mismo, decapitaba apasionadamente a su esposo, poseída por el rápido ritmo de la milonga del infiel que en aquel trance asaltaba su vida.
Gema Blasco

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