sábado, 16 de mayo de 2026

LOS SILENCIOS DEL BOSQUE



                         LOS SILENCIOS DEL BOSQUE

Una piedra encima de otra conformaba la casa, tejado de pizarra y ventanas de liso tablón. Visión opaca la de la noche, neblinosa la del día, la arboleda, de robles y acebos a la par, se pegaba a los cristales como alma única que busca algo fuera de su lugar. Frente al hogar el valenciano,  yo y la perra, que desde que habíamos llegado a ATrigueira parecía que ya no sabía ladrar. Pequeña y esponjosa como era, se camuflaba entre la cortadeira de los caminos,  aparecía y desaparecía tal santa compaña que, de veras, no llego nunca a presentársenos. El río Deza era nuestro vecino,  ladera abajo se retenía en una charca que nos invitaba a nadar en sus aguas, pero el frío acudía a nuestras mentes nada más pretenderlo. Era bello el paisaje, agreste y empecinado en no aparentar. Solo el viento en su caprichoso trasegar  lo conquistaba en verdad,  porque ningún,  ninguno de los seres de Dios que pueblan la tierra lo habitaban más que el hombre y sus apéndices animales.  Lobos, corzos,  jabalíes, truchas, zorros y águilas por no mencionar demás criaturas salvajes hacía décadas que habían abandonado aquel paraje de la Sierra do Candán; las minas y sus trabajadores con noes y síes los habían obligado a emigrar. Aunque, años a,hace que los mineros también  marcharon, malditos  por la falta demás entrañas que sacarle al monte. Profundizamos en una de las galerías abandonadas por eso de tener algo extraordinario que contar; no hubo miedo que afrontar, no crujió ninguna vigaal paso, no vimos jaula de canario ni vivo ni muerto; el haz de luz de nuestras cabezas tan solo enfocó roca huérfana y soledad. Daba lástima la tierra tan fría y vacía.  Una de las veces fuimos en busca de la fervenzas do rego, cascadas de riego,  de las antiguas minas; parecía que estábamos cerca, con ello, nunca llegábamos, no sabíamos si estas se acercaban o alejaban, inclusopensamos que era cosa de traviesas meigas, y a pesar de que su rumor sí se oía,  cosa extraña en tal enclave, no las encontramos y cambiando con el devenir nuestro parecer fuimos hacia la albariza más cercana, ahí sí llegamos en un suspiro, casi por magia. Su forma circular y sin puertas daba que pensar, ahora bien, si estaba pensada para que los osos no pudieran robar la miel de las colmenas de abejas que habían en su interior,  era lógica tal construcción, yo tampoco pude entrarle, y eso que lo intenté, empero el musgo se agarraba terco a la piedra y me hacía resbalar,  tal vez le habían pagado los apicultores con un extra de humedad. Las abejas tampoco zumbaban,  es más, no se veían tan lejos y cerca de nuestras miradas.  Otra cosa era cuando tocaba salir con el coche, nada más arrancar me quedaba frita por el cansancio, se me cerraban los ojos con una escozor preocupante; quisiera ver o no como el bosque se abría poco a poco con los kilómetros mis sentidos se negaban a darme tal regalo. En Zobra, la primera aldea que nos topábamos en la carretera, porque a pueblo no llegaba, nunca vimos habitantes, sin embargo,  perrazos locos sí lo habitaban. Acompañaban nuestro paso con intentos  de mordidas a las ruedas del Ford,  que más alto que bajo los embestía con cuidado de no dañarlos por deferencia del conductor, mi marido, claro, yo andaba en esas todavía entre el sueño y el quebranto de la amenaza, ¿serían hombres cánidos gallegos? Porque tamaño normal no tenían en su mayoría,  y digo verdad. Aprovechábamos las salidas para comprar alimentos en sitios singulares: quesos en una guarida, aparentemente, de hobbits; orujo en un pazo maldito;  dulces en una lechería,  pescado fresco en una,  antaño, ermita marinera; suvenires manufacturados por monjas en una sacristía;vieiras del camino al Santiago Compostelano, olvidadas por los peregrinos,  en un foracho o sea venta rural, por preferencia.  Ahora,  lo que era fuerte era lo de nuestro anfitrión.Él fue el que nos  contó,  como quien no presume,  que todos los años le encargaba la crianza de un cerdo a una lugareña de Lalín y con este aguantaba hasta la próxima matanza, yo pensaba que eso ya no se hacía,  pero,vete tú a saber como si no hubiéramos probado la omnipresente “zorza”,recurrente en todos los menús galleguiños. El susodicho cuando iba a comer mariscos,  no lo hacía a lo tonto, se reservaba su buena mesa en la cofradía de pescadores y hasta que él y sus siempre contentos acompañantes no vaciaban la mar anexa a la cocina, no paraban de comer, si a eso no se le llama devorar. Yo hubiera preferido consumir las horas de sueño que pertenecieron a aquella semana  en la Galicia profunda, no obstante,  el silencio del bosque no me dejó dormir.

 

Gema Blasco

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