martes, 3 de marzo de 2020

LA MARQUESITA






Carcagente; tierras valencianas, 13 de junio de 1813.
Perdí mi virgo con veinte años; el mismo día en que realmente demostré mi nobleza.
 —Lo siento mucho, María Antonia, ojalá hubiera sido otra la elegida —me dijo mi padre. Aunque ambos sabíamos bien que había sido la única en consentir la compañía de aquel militar.
 El general Harispe era un hombre de buen porte, altivo y pertinaz en sus obcecaciones; cómo en la de pasar a cuchillo a mis conciudadanos.
Aquella campaña, por el levante español, lo estaba crispando. Echaba de menos los dominios del norte, donde había logrado sus mayores victorias y consideraciones, y lo que era más importante, no soportaba más el largo periodo de separación de su esposa, o al menos ese fue su principal argumento cuando pretendía convencerme para que yaciéramos juntos, a cambio de su indulgencia. 
Los soldados franceses que le servían, al igual que él, eran expertos en la guerra de sitio. En apenas una jornada habían cortado todos los caminos de huida de la población, tomando como prisioneros a los temerosos habitantes de esta y devastando a su paso cuanto se les antojaba.
La noche estaba al caer y, yo esperaba nerviosa la llegada del ducho estratega, en la habitación más lujosa de la casa de mis padres; que sin pretenderlo delataba nuestra posición nobiliaria. Mi padre, don Vicente Talens y Garrigues era el primero de nuestra familia en ostentar el título de marqués de la Calzada. Gracia que le había sido otorgada por su relevancia política y económica, pero ahora el dinero y las influencias de antaño poco importaban, los invasores cogían cuanto querían, sin atender a miramientos.
Las vidas de cientos de hombres, mujeres y niños dependían de mi comportamiento durante aquella vigilia forzada. Jean Isidor Harispe, entró demasiado sereno a la alcoba. Esperaba que las seis botellas de buen vino, que había aportado mi progenitor a la cena, para disfrute de los oficiales napoleónicos, él mismo y un par de amedrentados invitados, prohombres de la localidad, hubieran mermado sus capacidades, pero no; primero que nada se desprendió del fajín dorado que envolvía su cintura y, sin mediar palabra, continuo desabrochándose los múltiples botones de su chaquetilla, para quedarse cómodamente en camisa. Yo vestía un traje negro, fruto del luto por mi abuela materna, aunque muy a pesar mío con los pechos mucho más realzados de lo habitual, pendientes de desbordarse del escote al menor movimiento.
—Debo contaros un secreto, general —declare, con uno hilo de voz. 
—¿A qué adivino cual va a ser vuestra confidencia, mademoiselle? —dijo él socarronamente.
—No lo creo —conteste segura de mí misma.
—Mucha confianza trasmitís de pronto, ¿es qué no os impongo respeto? —La indignación comenzaba a hacer mella en él. Se notaba que era un ejemplar de poca paciencia.
—Por supuesto que os temo. —En aquella situación igualé el respeto al miedo, como era de esperar.
—Dejaros de tonterías —me increpó con dureza—. Si he de satisfacer alguna curiosidad sobre vos, lo haré a mi modo.
—En absoluto pretendo ofenderos, caballero. Estoy aquí para complaceros, y había pensado que os gustaría saber que desde hace tiempo me siento atraída por hombres mayores, como vos. En más de una ocasión, he imaginado, que al casarme, mi primera vez seria con alguien de vuestras características. Hasta vuestro acento francés me cautiva. —Claro está que por aquellas mentiras y lo que iba a acontecer, tendría que rezar muchos rosarios con posterioridad, pero mi madre me había estado aleccionando, a lo largo de la tarde, con unos cuantos consejos para acelerar el acto en lo máximo posible, y los pensaba aplicar.
—Jovencita, esto no es un juego. Eres muy atrevida de palabra, aunque no sé si estaréis a la altura en cuanto a hechos. —Cogió rápidamente mi mano derecha y la apretó contra su miembro viril— Debes rodearlo bien con tus dedos y hacer movimientos constantes hacia arriba y abajo, hasta que notes que parece una barra de hierro; con la que voy a marcarte las entrañas.
En ese momento mi endeble fachada se desmorono de lleno, y comencé a llorar entre gemidos, mientras intentaba ejecutar con acierto sus órdenes.
—¡Más aprisa, españolita, más aprisa! Ya casi toca introducirlo en tu sexo, pero primero tendré que probar la voluptuosidad de tus senos. —Se abalanzó sobre mí y desgarrándome el vestido, comenzando de inmediato a chupar y mordisquear mis pecho alternativamente—. ¡Juventud, divina juventud! Son dulces y firmes como dos peritas. ¡Deliciosas, irresistibles!
Entonces fue cuando, sin poder soportarlo; me abrí de piernas, para facilitarle la total posesión al profanador de mi cuerpo.
—¡Muy bien! Veo que si te está gustando. Finalmente eres una zorrita más, a pesar de tu linaje. —me dijo triunfante el general Harispe. Seguidamente se bajo los pantalones y calzones con premura, y hundía su falo dentro de mi concha.
—¡Aaah, aaah, basta! —grité invadida por el dolor, cuantas veces pude, hasta que aumentando la velocidad de sus embates, exhalando con ello un largo y gratificante suspiro. Para luego desparramarse en mí, tanto por dentro como por fuera.
Eran las dos de la madrugada, cuando por fin pude despegarme de su abrazo. Claramente estaba herida, aunque no me importaba la sangre que impregnaba mis entrepiernas. Sabía que mi sacrificio supondría la clemencia de los conquistadores y, jamás me sentí más orgullosa de mí mismo.

                                          

                                        Gema Blasco
  


#zenda #heroínas




lunes, 23 de diciembre de 2019

Lo típico








Me miró fijamente, sin comprender porque lloraba.
—Es Navidad —le contesté.
—¿No deberías estar feliz? —Clara es muy curiosa. Nunca se cansa de preguntar.
—Las personas que me daban ilusión se fueron.
—¿Entonces, yo no te doy nada?
—Claro que sí, tú me das dolor de cabeza  —conteste con el gesto cambiado,  de broma.
Desde entonces no ha vuelto a hablarme, y eso que ya acaba el año. Pero intuyo, que para Reyes, me va a perdonar.

jueves, 28 de noviembre de 2019

Precipicio










¿Para qué aprendiste a reír?
Si lo ibas a hacer de mí.
Comparte conmigo
una foto y,
te escribiré una novela.
Pues recuerdo sitios,
en los que no hemos estado.
¡Vamos! Sube al tren,
y seremos amantes
en un precipicio, precipitado.
Crearemos caminos
nuevos.
Sin ningún reproche
a cuestas.
Tú lo llamaras
abrirse,
y,
yo lo llamaré
mimetizarse.
Pero sencillamente
será desarmar.

¡Diablos!





Habrá que poner de moda las sonrisas.
Aun cuando,
con cada una de ellas,
nos acerquemos  más al cinismo.
Perdona mi ironía,
pero es que viene impresa
en mi forma de ver.
Por mucho que cambiemos
los cuentos,
la crueldad no va a dejar de existir.
Los malos siempre
encuentran un papel
en la vida.                 
Los buenos siempre
buscan la felicidad
en los otros.
Y yo sigo aquí,
haciéndome la misma pregunta.
¿Por qué quieres ser inmortal?
Si hasta el mismo Mefistófeles,
odia lo eterno.

Tengo una solución.
Mataré tus recuerdos y,
así serás reseteado.
Invadido por lo obvio.
Debes dejar que te ate.
El daño te hará más fuerte,
o, morirás de cierto.
La gente cómo tú
 suele hacerlo de aburrimiento.
Arriesga tu conciencia.
Sabes que no soy tan gusano,
como para acabar contigo,
sin un buen remedio.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

AMARILLO, VERDE Y AZUL

     
Confieso que me gusta hacer viajecitos, más de una vez a la semana. Lo peor de emprenderlos es la debida organización, lo sé, pero yo en ese aspecto soy muy meticulosa, no me gusta ver nada fuera de su sección. Día a día voy colocando cada cosa en su sitio, y así a la hora de la marcha todo es más rápido. A veces, sobre todo después de una celebración, se me acumulan tantas  trastos que ya no encuentro lugar para ellos y, me veo obligada a adelantar el viaje, o incluso a buscarme otro medio de transporte para llevármelos. Normalmente uso un carrito, ya que los trayectos son cortos. Pero lo mejor de todo es la satisfacción que encuentro con ellos. El punto final del recorrido suele estar repleto, es muy céntrico, y eso se nota, aunque aquí una servidora siempre encuentra un hueco para darlo todo. Al fin y al cabo para eso me desplazo hasta allí, y las veces que haga falta, con tal de cumplir con mi deber de ciudadana del mundo.  

Las zonas de reciclaje deberían ser un viaje obligatorio para todos; papel o cartón, aceites, vidrios y plásticos, tienen que pasar de útiles a reaprovechados.    




#zenda  #viajessostenibles



   

viernes, 7 de junio de 2019

PENITENCIA




Siempre ando con prisas, pocas ocasiones tengo para rezar a mis santos. Pero pasar por la iglesia y no entrar, para mí, es pecado. Un Ave María a la Virgen no cuesta nada de recitar.
Aquel día abrí la puerta, y el recinto estaba casi a oscuras, solo unas pocas velas lo iluminaban. No me hizo ninguna gracia, pero tiré para dentro. Me dirigía hacia el altar, y de pronto noté como caía en un agujero excavado en el suelo. Mi miedo, irracional, por las imágenes sagradas no me dejó fijarme en el mal paso que daba. ¡Castigo de Dios! 


DE AHORA EN ADELANTE


               En realidad no digo que fuera un sueño, al menos  corriente.
    Conducía despacio. Estaba a punto de tomar la salida habitual de la autovía,  para llegar hasta casa. Pero de pronto vi que el acceso estaba cortado. Desvié el volante y pare el vehículo  en seco, sin preocuparme de nada más. No tan  lejos  mío, había una especie de  altar improvisado, con flores y tarjetas, en homenaje a algún difunto. Junto a este,  triste y desmayado, medio dormitaba  un perro color marrón rojizo, de pelaje rizado y tamaño más que considerable. Delante suyo había un cartel en el que se podía leer: «De hoy en adelante quedo al cuidado de quien se apiade de mí». De inmediato me sentí obligado a recogerlo y hacerme cargo suyo. Tenía la  sensación de estar en deuda con el que fuera su dueño. Bajé del vehículo, me acerque, y pude observar que en realidad no había un solo perro sino dos más. Tres en total. Entonces pensé que se me estaba colocando ante una prueba de generosidad. ¿Qué iba a hacer? ¡Llevármelos sin más! Medite el tiempo justo y fui a por ellos. No me importaba su raza o situación, tan solo demostrarme a mí mismo lo altruista que era. No obstante hubo algo que llamó mi atención sobremanera. ¡Detrás suyo yacía un cadáver! El luminoso altar se convirtió en cueva  sombría, y de ella salieron  unos individuos, con mal aspecto, que no tenían otra intención más que asesinarme.  Me di cuenta rápidamente de que todo era una trampa, Qué esos indeseables estaban cazando personas, y los perros eran su cebo. Pensé en marcharme, pero sabía que no llegaría ni siquiera hasta el coche, que ya tenían en su poder. Y de pronto no me quedo otra acción más  que unirme a ellos,  convertirme en otra aberración humana. ¿Dónde quedaba todo lo bueno que había  en mí?
  La supervivencia nos convierte en monstruos, y a veces  los sueños se  invierten, creando  pesadillas.

martes, 4 de junio de 2019

EL LEÑADOR



                            

Llevaba  un hacha en la mano,  lo que le confería más aun un aspecto de rudeza. Sus músculos marcados no dejaban duda de que sabía manejarla dicha herramienta con destreza. Una vez fijado su objetivo, comenzó a golpear la dura corteza. En esa ocasión le había tocado en suerte talar un pino torcido, que corría peligro de derrumbe, ante cualquier inclemencia climática. Golpeó una y otra vez, con todas sus fuerzas,  hasta que logró hacerlo caer en el suelo, con un estruendo, quizá, demasiado sonoro. Ni era tan grueso, ni tenía tanta altura. Además gran parte de su tronco era hueco, de una manera inhabitual. Lorenzo, se arremango en extremo,  como quien acepta el desafío que le es concedido, bien por la naturaleza,  o Dios sabe por quién.  Reanudó su labor con el troceado en partes equitativas del recién caído. Una tras otra iban quedando expuestas ante él, hasta llegar a la sección más fácil,  la que poseía esa falta de madera en su interior. Pero al intentar corta de nuevo en profundidad el árbol,  la hacha no penetró. Había algo obviamente duro que se lo impedía; a la par que resonaba con tintineo. El muchacho se acercó expectante, y tras inspeccionar el cóncavo espacio, se dio cuenta de que no estaba vacío. En su interior brillaban multitud de alhajas, relojes y abalorios. Seguramente fuera el botín acumulado, a lo largo de los años, por algún malhechor local; negligente sobremanera, y cuyo escondite ahora quedaba al descubierto. Sacó unas bolsas de la furgoneta y comenzó a traspasar el tesoro encontrado, para así hacerlo suyo. Podría decirse que Lorenzo, el leñador, era un hombre afortunado.



viernes, 17 de mayo de 2019

DE MARTÍ Y RUBIO



LA ACADEMIA RUBIO ESTUVO EN LA CALLE TAQUÍGRAFO MARTÍ.

Somos una generación que conoce sobradamente la oración: Mi mamá me mima. Impresa en nuestra memoria por los cuadernillos Rubio. Pero también hay que mimar el recuerdo de la persona que los creo, y sus referentes.
Ramón Rubio ideó una serie de fichas con ejercicios, creadas para agilizar el aprendizaje de sus alumnos. Empleado de banca por las mañanas y profesor vocacional por las tardes, abrió en los años cincuenta del siglo pasado una academia de enseñanza media, en la Calle de Martí de la ciudad de Valencia. Hecho que no tuvo por qué influir en su éxito, pero que vamos a realzar en estas líneas, puesto que puede que encontrará en Francisco José Buenaventura de Paula Martí y Mora, más conocido como el taquígrafo Martí, un modelo al que imitar y por supuesto admirar.
Ambos fueron hombres que no se conformaron con los recursos de su tiempo, y lo intentaron mejorar en el ámbito académico y cultural con sus trabajos.
Por ejemplo uno de los muchos logros de Martí fue el primer dietario o agenda impresa en España, a la que titulo «Compendio del año 1807 y  libro de memorias», y al que le siguieron sucesivas ediciones, renovadas, hasta aproximadamente el año 1825.  En sus páginas se informaba, entre otras cosas, de los días festivos o de indulgencia plenaria, del número de habitantes de las diferentes provincias españolas y las distancias entre las principales ciudades de la península. Logro que debemos comparar con los cuadernos  de Rubio, en los que en un principio se enseñaba matemáticas, contabilidad y caligrafía, esta última ejercitada con el método de punteado; que pronto adoptaron la mayoría de las escuelas. 
Por otra parte Martí, fue el inventor de la taquigrafía española, a priori, y con posterioridad de la catalana, portuguesa, italiana y póstumamente de la de la música. Esta disciplina, conocida también como estenografía, consiste en el arte de escribir abreviado, con tanta velocidad como se habla y con la misma claridad que en la escritura común.  
¿Quién de nosotros no tomó, prestada, alguna vez la pluma estilográfica de su padre? Intentando caligrafiar, rápida y originalmente, su nombre y apellido. Asimismo la pluma-fuente fue diseñada y firmada, patentada, con anterioridad a los  ingleses, por Martí, qué desgraciadamente no supo darle la promoción adecuada, pero con la que escribió muchas de sus obras literarias. Toco casi todos los géneros, aunque solo vamos a nombrar, por no extendernos, «nunca debéis  faltar a la sinceridad, como se transmitía  en algunos de los cuadernos amarillos de Rubio», su tragedia en tres actos en verso titulada: El día dos de Mayo de 1808, en Madrid: y muerte heroica de Daoiz y Velarde.
De Paula Martí resulto un testigo de excepción en estos hechos, y por eso quiso retratarlos, en palabras, para que nadie los olvidara.
Por su parte Rubio no tuvo que enfrentarse a tales dramas, pero si afronto su tarea social, promoviendo dentro de su empresa, el aula Rubio Kids y la Fundación Cuadernos Rubio, que hoy en día tienen su sede en las instalaciones del grupo Rubio, en Quart de Poblet, gestionado por sus herederos.  








sábado, 11 de mayo de 2019

LA MANO DEL GEMELO.







TERESITA,  HIJA MIA

—Es la inscripción —le paso una fotografía a Rafa— que esta cincelada sobre la lapida.
En la imagen podía verse una antigua tumba. Probablemente debía datar de finales del siglo XIX. Pero en  su mármol no lucia fecha alguna de nacimiento o defunción de la niña, ni muestra alguno de pena o dolor por parte de sus familiares.
—¡Qué curioso! Nunca vi una mano, de bronce o no, impidiendo la salida de un sepulcro. —Sintió como el bello se le erizaba— No soy supersticioso, pero tampoco voy negar lo obvio. Hay cosas que no tienen explicación. ¿Verdad, Capitán?
—Déjate de misterios, y olvida de una vez el rango. Hace tiempo que desistí de darte ordenes. No somos hombres de disciplina. Ambos abandonamos el ejercito por propia voluntad.
»Bueno, tú más que yo. No entiendo por qué me seguiste a en mi derrumbe. Podrías haber elegido a cualquier otro. Uno que planificara  mejor sus batallas personales.
—El Capitán, me sale sin pensar, Vicente.
»¿Piensas que iba a perderme el momento, en que te dieras cuenta de que tu complejo de cacique colombiano, te venia dado por el excesivo e incontrolado consumo de ron y cocaína?
»Aguantarte era insufrible. Supongo que por eso te abandonó Emi. Agravando con ello tus vicios. Pero yo no soy de rendirme, y mucho menos contigo. Eres el único referente que respeto, a pesar de tus faltas.
»El padre que me tocó en suerte lo llevo enterrado en la memoria más honda. Bien lo sabes. No merece ni mención.
—Emi, no se marcho. Estoy seguro de que la hicieron desaparecer. Ella era mi «dulce» media naranja, y nunca me hubiera amargado a propósito.
»Por eso debemos correr esta loca aventura.
»A pesar de mis lapsus, recuerdo perfectamente que ella me habló de una leyenda, suya, familiar. Supo de ella por un antiguo diario heredado de su abuela. En él su bisabuelo, Gabriel, el indiano, contaba la historia de cómo hizo fortuna, importando tabacos habanos, desde una plantación que había pertenecido durante varias generaciones a la familia Canet.
»En aquella época seguía percibiendo la mayor parte de los beneficios obtenidos de esta, pero la gerencia de la misma había recaído en otra rama más escondida de la familia. Los dos hijos bastardos de su padre, ambos mestizos de piel canela. Gemelos, con tan diferente carácter que parecían no tener nada que ver.
—Si no fuera porque vivimos en el mismo apartamento, diría que esta noche te has vuelto a enganchar a una botella de ron de caña. Bien mirado, sería el licor perfecto para tragar el cuento de los Canet que me quieres embutir  —dijo Rafa escéptico.

Estaba a punto de caer la tarde. El cementerio parecía desierto. Aunque las tumbas guardaran silenciosas a sus inquilinos, una de ellas gritaba un secreto a voces. Tenía algo que esconder. No se agarra, con fuerza, aquello que no se pretende proteger. Y la entrada a la cripta parecía estar, sospechosamente, vigilada por la presencia de aquella misteriosa niña.
—Quieras o no voy a tener que contarte, antes de forzar la cerradura, el  supuesto desenlace del cuento, cómo tú lo llamas. ¡Aunque se trate de hechos reales, ya lo veras, te lo aseguro!
—Vamos, no te pongas nervioso. Solemos arriesgar mucho y obtener poco, y hace tiempo que necesito unas buenas vacaciones.
—Seré breve, no tenemos que tentar tanto a la suerte.
»Uno de los gemelos era malvado, cómo de película, en extremo. Practicaba vudú, y se llegó a creer que tenia tanto poder, que hizo que su sobrina, la hija mayor de su medio hermano, legitimado, enfermará de una extraña dolencia, en la que parecía tirar espuma por la boca y entornar los ojos hasta ponerlos casi en blanco.
 —No me digas, y esa niña se llamaba Teresita. ¡Qué coincidencia! ¡Vamos!
—Teresita Canet García, tía abuela de Emi, y fallecida a los doce años, tras un intento frustrado de sus padres, acompañados del sacerdote de San Francisco, de sacarle de dentro el demonio que la poseía, en las ocasiones que su malvado pariente practicaba los antiguos rituales de procedencia africana. La pobrecilla murió ahogada por su propia sangre, al moderes fuertemente la lengua en una de las intensas convulsiones que padecía, tras las siniestras conjuras pronunciadas al otro lado del Atlántico.
—¿Me estás tomando el pelo? Está claro que sufría ataques de epilepsia. Nada tuvo que ver ninguna maldición con su muerte.
—Yo hubiera pensado igual. Pero encontré el diario del bisabuelo de Emi, y en él, junto a una honda rasgadura en la gruesa encuadernación, había una anotación, hecha con su letra, del mismo día de su marcha. Donde se leían estas palabras: «Estoy segura de que la abuela tenia razón y de que Tobías ayudo a su hermanastro ,enviándole el dinero de la venta de la hacienda, para que este pudiera ganarse los favores eclesiásticos, y así salvar el alma de su hija. Pero algo me dice que los pesos no llagaron a hora, y todo sacrificio fue en vano. El noble gemelo murió a manos de su hermano, del que no se guarda ni nombre. Por lo visto no supo aceptar el estado de pobreza al que lo condenaban arrebatándole su aparente herencia, con falacias».

Oscurecía demasiado rápido. Con la distracción de todo aquel antiguo embrollo en sus mentes, comenzaron la tarea. La mano negra del guardián se partió por la mitad, un solo golpe de maza bastó para ello. También la horquilla reforzada hizo su trabajo con el cierra, gracias a la destreza de Vicente. Abrieron, no sin temor, las portezuelas, y de inmediato observaron un féretro de tamaño medio ocupando, en alto, el centro del habitáculo. En uno de sus lados, se encontraba, apoyada una figura, que sostenía entre sus brazos un cofre, abierto, lleno de monedas antiguas. Era el cuerpo, sin vida, de Emi. A sus pies, caída, brillaba, una llave.